Debajo del tupido follaje se escondía un frescor dulce de perfumes embriagadores. El niño se sentaba con su nodriza al pie de aquella higuera a mediodía, cuando el mar murmuraba con desmayo; callaban.
-Yo seré poeta - dijo él un día, levantando la vista y ladeando la cabeza.
Contemplaba el mar, su cabello rubio ondeaba en el viento cálido, tras las pestañas medio cerradas miraba la lejanía. La nodriza lo abrazó, atrayendo la cabeza hacia sus senos, y le respondió:
-¡Qué va! ¡Tú serás soldado!
-¿Como mi padre? -preguntó el niño, meneando la cabeza-. Mi padre también es poeta, ¿no lo sabías? Siempre está pensando en otra cosa.
-Es verdad - observó la nodriza, suspirando-. No salgas al sol, cielo mío. Te dolerá la cabeza.
Estuvieron largo rato sentados así al pie de la higuera.
Escuchaban el mar: su rumor les era conocido. Murmuraba como murmuraban los bosques en su patria.
El niño y la nodriza pensaron que todo está conectado en el mundo.
El niño y la nodriza pensaron que todo está conectado en el mundo.
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