Salimos de esa cantina oculta, en una zona alejada y solitaria de la provincia de Buenos Aires. No se sentía otra presencia más que la de nuestros cuerpos al son de la noche, y el bisbiseo de las voces que dejamos atrás. La negrura del cielo sin estrellas se derretía por las paredes de las casas bajas y las calles sombrías, calles del cielo al anochecer de un jugoso verano. Y las veladas veredas con faroles amarillos encendidos de poca intensidad, parecían soles cansados.
Los pasos ligeros de tus zapatos de taco iban al compás de las palpitaciones de la bomba en el interior de mi pecho, nos apresurábamos, como si tuviésemos que llegar a tiempo a algún lugar. No habían palabras, solo silencios, silencio que me permitía escuchar aún más mi apetito. Luego de la cena que habíamos tenido, el hambre no había cesado, perseveraba mi hambre de vos, mi sed de vos. Seguimos caminando por esa vereda renegrida, por ese barrio que parecía deshabitado, o que de lo contrario, daba la impresión, que en cada una de esas pequeñas casas estuviesen haciendo el amor.
Sentí tu mirada clavarse en mí, yo seguía mirando al suelo mientras avanzaba inercialmente con mis manos en los bolsillos. Y con un tono de voz dulce y perturbador me dijiste. ¿Por qué no me mirás? Hace un buen rato que no hablás.. entonces me frené, dí un vistazo alrededor, estábamos en un cruce de calles, dónde desembocaba una sin salida. y me giré hacia vos. Mi mirada se fundió en tu proyección, mirándote fijamente desde tus pupilas hasta tus piernas, desnudando todo tu cuerpo con una sola y rápida mirada, noté tu inhibición y la disfruté. También te noté desconcertada, por mi falta de calidez, pero sabía de tu deseo, sin hablar me incitabas a acercarme.. Te sujeté de la mano y empecé a caminar, paramos en esa calle cortada.. te agarré de la cadera, te acerqué hacia mi para que sintieras la vibración de mi cuerpo que tanto deseaba apaciguarse, y te besé, primero lentamente, los labios a milímetros atómicos, acercándose y alejándose, describiendo parábolas de infinitas ensoñaciones guardadas durante tiempo, mucho tiempo.. y luego, el ritmo de nuestros corazones desembocó en un apasionado beso, en dos lenguas que luchaban por ganar espacio, por ir más allá de un contacto físico. Te dije que te deseaba en ese mismo momento, que no podía esperar más. Me apretaste contra vos y me dijiste que también lo querías. Nos llevaste contra la pared que se derretía en cielo negro, noche, calor y verano, siempre pegada a mí, mirándome, latía mi corazón, todo latía. No apartabas tus ojos de los míos. Te besé nuevamente, en un beso sucio y húmedo.. y mientras lo hacía una de mis manos levantaba tu pollera, tu suave pollera que me descubría tu suave piel, mi mano caliente se posó por sobre la tela de tu ropa interior, por sobre la fina división que impedía sentirte completa. Inclinaste tu cabeza hacia atrás. Besé tu cuello. Me dijiste que ya no aguantabas.. y mirándome fijamente a los ojos, te pusiste en cuclillas… en unos segundos sentí tu lengua húmeda en mí. La gozé… y te separé de mi sexo antes de detonar. Te paraste, estabas inquieta. Te sujeté del cuello, con fuerza, levantando tu barbilla, y con mi otra mano dibujaba todo tu cuerpo. Tus caderas que bailaban en círculos ante mi, al compás de los pequeños gemidos de placer que iban surgiendo de tu boca. Me rogaste.. sin esperar más, me hice lugar entre tus piernas, levanté tu pollera y mi mano se adentró en el vórtice húmedo y sediento, me sumergí en vos, en tu océano. Diste un grito ahogado.. gemías y te tapé la boca y aún así se te escuchaba… Mientras seguíamos inundándonos de excitación y placer, una pareja pasó cerca de allí. Nos miraron con asombro, y ahí me di cuenta, que nada importaba ya… que no estábamos solamente vos y yo en esa burbuja negra, y de cuánto más eso me excitó. Entonces saqué mi mano de tu boca y dejé que tus gemidos canten, tus gemidos y los míos acompañaron el canto de los pájaros aquella madrugada.
Me adentré aún más en vos, y más, y más.. y más.. gritabas, cada vez mas fuerte, te movías como un gusano desesperado por escapar y empezaste a pedirme que pare.. yo seguía entrando y seguía sumergiéndome en vos mientras me rozaba con tu pierna desnuda. Seguías gritando, y ya no te movías tanto.. me la habías hecho mas fácil. Llegué a tocar algo pegajozo, de consistencia dura, pero a la vez blando... y sonreí cuando supe hasta dónde había llegado.. recapacité en que ya no gritabas.. Saqué mi brazo lleno de sangre de adentro tuyo, y con tu corazón en mi mano me entregué a la puta policía que ya había venido por mí. Le dí un mordisco y lo tragué con placer. Me cagaron a trompadas y a tiros, pero acá estoy y sigo viviendo. En la celda, feliz por haberme dado el gustito.

