«¡Oh, cobarde conciencia, cómo me afliges!... ¡La luz despide
resplandores azulencos!... ¡Es la hora de la medianoche mortal!...
¡Un sudor frío empapa mis temblorosas carnes!... ¡Cómo! ¿Tengo
miedo de mí mismo?... Aquí no hay nadie... Ricardo ama a Ricardo
... Eso es; yo soy yo... ¿Hay aquí algún asesino?... No ... ¡Sí!...
¡Yo!... ¡Huyamos, pues!... ¡Cómo! ¿De mí mismo?... i Valiente
razón!... ¿Por qué?... ¡Del miedo a la venganza! ¡Cómo! ¿De mí
mismo contra mí mismo? ¡Ay! ¡Yo me amo! ¿Por qué causa? ¿Por
el escaso bien que me he hecho a mí mismo? ¡Oh, no! ¡Ay de mí!...
¡Más bien debería odiarme por las infames acciones que he
cometido! ¡Soy un miserable! Pero miento: eso no es verdad...
¡Loco, habla bien de ti! ¡Loco, no te adules! ¡Mi conciencia tiene
millares de lenguas, y cada lengua repite su historia particular, y
cada historia me condena como un miserable! ¡El perjurio, el
perjurio en el más alto grado! ¡El asesinato, el horrendo asesinato
hasta el más feroz extremo! Todos los crímenes diversos, todos
cometidos bajo todas las formas, acuden a acusarme, gritando
todos: ¡Culpable! ¡Culpable!... ¡Me desesperaré! ¡No hay criatura
humana que me ame! ¡Y si muero, ningún alma tendrá piedad de
mí!... ¿Y por qué había de tenerla? ¡Si yo mismo no he tenido
piedad de mí!»
resplandores azulencos!... ¡Es la hora de la medianoche mortal!...
¡Un sudor frío empapa mis temblorosas carnes!... ¡Cómo! ¿Tengo
miedo de mí mismo?... Aquí no hay nadie... Ricardo ama a Ricardo
... Eso es; yo soy yo... ¿Hay aquí algún asesino?... No ... ¡Sí!...
¡Yo!... ¡Huyamos, pues!... ¡Cómo! ¿De mí mismo?... i Valiente
razón!... ¿Por qué?... ¡Del miedo a la venganza! ¡Cómo! ¿De mí
mismo contra mí mismo? ¡Ay! ¡Yo me amo! ¿Por qué causa? ¿Por
el escaso bien que me he hecho a mí mismo? ¡Oh, no! ¡Ay de mí!...
¡Más bien debería odiarme por las infames acciones que he
cometido! ¡Soy un miserable! Pero miento: eso no es verdad...
¡Loco, habla bien de ti! ¡Loco, no te adules! ¡Mi conciencia tiene
millares de lenguas, y cada lengua repite su historia particular, y
cada historia me condena como un miserable! ¡El perjurio, el
perjurio en el más alto grado! ¡El asesinato, el horrendo asesinato
hasta el más feroz extremo! Todos los crímenes diversos, todos
cometidos bajo todas las formas, acuden a acusarme, gritando
todos: ¡Culpable! ¡Culpable!... ¡Me desesperaré! ¡No hay criatura
humana que me ame! ¡Y si muero, ningún alma tendrá piedad de
mí!... ¿Y por qué había de tenerla? ¡Si yo mismo no he tenido
piedad de mí!»
(William Shakespeare, La tragedia de Ricardo III).
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