Despierto y ya no está. Fue una larga noche, ella estaba tan hermosa, tan luminosa.
Sabía que no la iba a encontrar esta mañana.
La luz del día que entra por la ventana me impide abrir los ojos por completo,
me levanto de la cama y voy a lavarme la cara. El agua fría que corre por mi rostro me refresca en esta calurosa mañana de verano.
La extraño, si, la extraño cada vez más.. a medida que el ruido de los autos de afuera y el murmullo de la gente se hace más fuerte, a través de las paredes de mi casa y me reafirman, que la magia de la madrugada terminó por un largo rato.
Su silencio.. su burbuja de placer.
Vuelven los recuerdos de anoche, nuevamente.. junto a ella. Ella había llegado a mi casa, sabía que vendría y ahí estaba, la había visto por la ventana de mi cuarto, la deseaba.. me miraba desde afuera, esperando que la haga pasar.
Pasamos una noche tranquila, en silencio, mirándonos.. Yo no me cansaba de repetirle lo bella, lo majestuosa que és, una y otra vez. Y ella me miraba sonriente..  con sus radiantes dientes blancos, y su enorme sonrisa.
Ella, cautelosa, se fué sin despertarme. Un poco antes del amanecer, me había dormido bajo su mirada.
Vuelvo a mi habitación y cierro las persianas, me acuesto en mi cama y me envuelvo en la sábana fresca.
Voy a soñar con su rostro, con su calidez y tranquilidad. Y que mientras tanto las horas pasen, hasta que sea de noche otra vez… y la vuelva a ver… desde mi ventana, desde mi terraza o desde alguna vereda.. ahí, en el cielo, blanca, radiante y hermosa, entre las estrellas, sonriéndome..

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