Cuerdas

Una doble cuerda de algodón baja entre los pechos dejando una estela de nudos simétricamente distribuidos. Cruza el vientre, cubre el ombligo. Sigue: la pelvis, dos tajadas tiernas. Pasa sobre el clítoris, se hunde entre los labios de la vulva. Emerge de los glúteos y trepa a lo largo de la columna vertebral, hasta la nuca.
Allí, mediante una elegante maniobra, vuelve sobre sí misma, va al frente, se enlaza y tira del centro de las secciones entre los nudos pectorales. Arreo. Torso apresado, mordido. Brazos y pies atados. Los senos, ceñidos por varias capas de cordel de nylon de 12 cm, se hinchan y enrojecen. Piel pulpa, estirada. Finos hilos de seda enlazan los pezones; suben, vencen la cresta de los hombros, descienden por la espalda, cuerdas de un afinado instrumento, y terminan sujetos al nudo que asoma del ano.
Cada contracción del esfínter desata delicias en los pechos, cada movimiento, cada suspiro, cada bocanada de aire aspirada, cada estremecimiento, desencadena escozores intestinos adentro. El nudo del ano es doble y, debido a los movimientos de la mujer para aliviar la incomodidad de su posición, apenas se ve, enterrado en el distendido orificio.
Los hilos de seda tiran, cede el nudo.
Gime.

Tiene los ojos cubiertos por un pañuelo.
El pañuelo la hace libre, las ataduras irresponsable: divina sensación, infantil sensación de depender de una fuerza superior ante la que se halla totalmente indefensa. Está al margen del curso de las cosas, ha escapado a la contingencia.

Aparto el nudo, se la meto por el culo. Atardece. Por la ventana abierta entra una luz espesa y anaranjada, porosa y dulce. Trato el ano crudamente, como a un hueco anónimo y sin valor que ocupo una mezcla de desprecio y pereza. Es maravilloso comportarme así con ese agujero al que profeso un amor que me provoca raptos de ternura que lindan con la adoración religiosa. Enculada, su cara se infantiliza, ilumina y embellece.
La desato y la vuelvo a atar. Esta vez de frente, sentada en una silla alta. Los brazos alzados, formando una V, sujetos a argollas metálicas fijas a la pared. Las piernas abiertas, apoyadas en asientos más bajos. Jadea como un animal. Sus líquidos aceitan la vulva. La penetro con violencia, empujando sin contemplaciones. Objeto. Primero adelante; luego regreso al culo. Hago una pausa. Su cabello huele a nube. La acerco a su boca. Lame con el respeto que se debe a un objeto sacro.
Agachada, chupo. Meto los gruesos labios menores en mi boca. Ahí los mantengo, imprimiéndoles un leve vaivén con mínimos movimientos de la mandíbula. Tiro suave, punteo, recorro, examino, saboreo, hurgo con la punta de la lengua sin abandonar el vaivén. Chilla. Solloza. Emite unos gritos apenas humanos. Me aparto y contemplo el espectáculo. Una baba elástica resbala, brilla en la alfombra.
Obedeciendo a un impulso, le desato las manos. Breves caricias timidas al principio, pero pronto se embarca en una paja frenética. Contemplo sus maniobras a pocos centímetros del centro de acción. Debe sentir mis jadeos contra su piel. Vuelve a correrse, deshaciéndose en gritos y estertores. Aparto las manos bruscamente y la acerco a su boca, me lame, me escupe y vuelve a mamar, extasiada. Me aparto y abro su vulva exponiendo el clítoris. Agarro los labios y tiro de ellos en direcciones contrarias, con presión pareja y firme. La luz late, dorada. El hueco pulsa, segrega. El clítoris hinchado es un tarro latiente y rojo, animado de vida propia. No puede aguantarse y lleva los dedos a la protuberancia. Frota. Se retuerce como si le aplicaran descargas eléctricas. Está a punto de volcar la silla. Le tiemblan las piernas. Tengo una vela preparada, vierto cera caliente en los senos, en el vientre, en los muslos temblequeantes. Grita; la voz sale ronca.
Cogeme, suplica...

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