Parece como si existiera en el cerebro una región totalmente específica, que podría denominarse memoria poética y que registrara aquello que nos ha conmovido, encantado, que ha hecho hermosa nuestra vida. Desde que conoció a Teresa ninguna mujer tenía derecho a imprimir en esa parte del cerebro ni la más fugaz de las huellas.
Teresa ocupaba despóticamente su memoria poética y había barrido de ella las huellas de las demás mujeres. No era justo, porque por ejemplo la chica con la que había hecho el amor en la alfombra durante la tormenta era tan digna de poesía como Teresa. Le gritaba: "¡Cierra los ojos, cógeme de las caderas, apriétame fuerte!". Afirmaba tercamente que no se había corrido aunque toda la alfombra estuviera mojada de su orgasmo: "No busco el placer", decía, "busco la felicidad, y el placer sin felicidad no es placer". En otras palabras, golpeaba a la puerta de su memoria poética. Pero la puerta permanecía cerrada. En la memoria poética no había sitio para ella. Para ella sólo había sitio en la alfombra.
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