"Y al final, dejé de ir a verla. Y eso fue, probablemente (sólo puedo usar la palabra -probablemente-, ya que no es mi función escudriñar dentro de esa enorme amalgama de recuerdos que se llama pasado y juzgar qué fue correcto y qué no lo fue), una equivocación. Yo debía haber seguido estrechamente ligado a Shimamoto. La necesitaba y ella, por su parte, tal vez me necesitaba a mí. Pero era demasiado consciente de mí mismo, tenía demasiado miedo. Y no volvimos a vernos durante mucho tiempo.
Incluso después de dejar de visitarla, la seguí recordando con cariño. A lo largo de aquella época angustiosa, el calor de su recuerdo me confortó y alentó incontables veces. Y durante mucho tiempo ocupó un lugar especial dentro de mi corazón. Lo guardé para ella, de la misma forma que se pone un aviso de -reservado- en la mesa más tranquila al fondo de un restaurante. Y eso pese a creer que no volvería a verla jamás."
"Me limitaba a imaginar, aguzando el oído y cerrando los ojos, qué debía haber en aquel lugar. Era todavía un cuadro incompleto. Todas las cosas que intuía allí eran vagas, brumosas, de contornos imprecisos. Pero adivinaba que en esa escena se ocultaba algo vital para mí. Y yo sabía que Shimamoto estaba contemplando la misma escena.
Ambos éramos seres incompletos, sentíamos que algo nuevo y todavía por aprender aparecería delante de nosotros para llenar nuestro vacío. Estábamos de pié ante una puerta cerrada, desconocida. Bajo una luz mortecina, los dos juntos, con las manos estrechamente unidas durante diez segundos."