Fragmento de una novela.
- Tal como te he dicho antes, tocaba el piano desde los cuatro años, pero jamás por placer. Siempre lo hacía para pasar un examen, porque era una asignatura, para impresionar a los demás. Eso es importante, claro que si, para llegar a dominar un instrumento musical. Pero cuando una llega a cierta edad, tiene que interpretar la música por sí misma. Ése es el poder de la música. Y yo por fin lo comprendía después de salir del circuito de elite, a punto de cumplir treinta y dos años. Llevaba a mi hija al jardín de infancia, realizaba las tareas de la casa en un santiamén y después me pasaba una o dos horas interpretando mis melodías favoritas. Hasta aquí no hay problema, ¿verdad?
Asentí.
- Sin embargo, un día una vecina a quien conocía de vista, de saludarnos por la calle, vino a visitarme y me dijo que su hija quería que le diese clases de piano. Aunque la llame vecina, su casa estaba, en realidad, bastante lejos de la mía, y yo no conocía a su hija. Pero, según decía la señora, la niña solía pasar por delante de casa y, al oírme tocar el piano se emocionaba. También me había visto, y al parecer sentía una gran admiración hacia mí. Estaba en segundo año de la secundaria y había recibido clases, pero por entonces no tenía profesor.
Rehusé. Le dije que había estado muchos años sin tocar y que, si fuera una principiante, todavía, pero enseñar a una chica que ya había recibido clases durante varios años me era imposible. Ante todo, yo estaba ocupada cuidando de mi hija y, además, aunque eso no se lo comenté a la madre, por supuesto, una chica que cambiaba constantemente de profesor no podría llegar lejos. Entonces la madre me pidió que al menos le hiciera el favor de conocer a su hija. ¡En fin! Era una mujer muy testaruda y no me hubiera resultado fácil negarme, así que acepté insistiendo en que sólo conocería a la niña. Al cabo de tres días la hija se presentó en casa, sola. Era hermosa como un ángel. Tenía una belleza angelical. Fue la primera y última vez en mi vida que vi una chica tan hermosa. Tenía el pelo largo y negro como la tinta china, los brazos y las piernas largos y gráciles, los ojos brillantes, los labios delgados y suaves como acabados de hacer. Al verla, me quedé sin habla. Cuando se sentó en el sofá de la sala de estar, la estancia parecía haberse transformado en otra mucho más lujosa. Si la mirabas de frente, quedabas deslumbrado. Tenías que entornar los ojos.
Así era ella. Aún hoy me parece verla. Estuvimos hablando alrededor de una hora mientras tomábamos una taza de café. Charlamos de música, de la escuela… Parecía inteligente. Sus opiniones eran claras, agudas, tenía el talento innato de quienes saben atraer el interés de su interlocutor. Casi me daba miedo. ¿Por qué le temía? Entonces no lo sabía. Sólo me pasó por la cabeza que probablemente fuera su inteligencia aguda lo que temía. Cuando hablaba con ella iba perdiendo la capacidad de juzgar.
En resumen, era demasiado joven y hermosa, y eso me aplastó, acabé viéndome a mí misma como un ser muy inferior. Si abrigaba algún pensamiento negativo respecto a ella, me daba la impresión de que ésta era una idea retorcida. Si yo fuera tan hermosa e inteligente como ella, sería una persona mucho más normal.
¿Qué más se puede pedir? Adorándola como la adoraba todo el mundo, ¿por qué atormentaba a los seres inferiores, más débiles que ella, y los presionaba? ¿Qué razones podía tener para hacer eso?
- ¿Te hizo algo terrible?
- Vayamos por partes. Aquella chica era una mentirosa. Con tal de cuadrar las historias, iba cambiando esto y aquello a su antojo. Sin embargo, en cuanto yo pensaba “¡Qué extraño! No puede ser”, ella tenía una inteligencia tan rápida que me tomaba la delantera, amañaba las cosas sin que me diera cuenta. No podía creer que todo fuera mentira. Nadie hubiera podido imaginar que una chica tan guapa mintiera sobre cosas tan insignificantes. Al menos yo no pude. Escuché sus mentiras durante un año y medio sin sospechar nada. Increíble.
- ¿Qué clases de mentiras decía?
- De todo tipo. – sonrió con sarcasmo - Cuando alguien miente una vez, luego tiene que seguir mintiendo para encubrir esa primera mentira. A eso lo llaman mitomanía. Pero, en el caso de los mitómanos, las mentiras que cuentan son inofensivas, y la mayoría de la gente que los rodea se da cuenta. Pero esta chica era diferente. Mentía para protegerse de sí misma y, para ello, hacía daño a los demás sin pestañear. Además, utilizaba a cualquiera que estuviera a su alcance. Mentía según quién fuera su interlocutor. A las personas que pudieran descubrirla fácilmente, como su madre o sus amigas, no les mentía, y cuando no le quedaba más remedio que hacerlo, tomaba infinitas precauciones. Nunca les decía ninguna mentira susceptible de ser descubierta. Si la descubrían, se inventaba una excusa o pedía perdón con voz suplicante y las lágrimas saltándole de sus bonitos ojos. Nadie podía enfadarse con ella.
Ella me repitió lo que había dicho su madre. Me dijo que, al pasar por delante de casa, me había oído tocar el piano y que me admiraba.
Trajo unas partituras y me preguntó si podía tocarlas. Le respondí que sí. Y tocó una Invención de Bach. ¡Qué interpretación tan interesante! ¿O debería decir extraña? En todo caso, no era normal. No era una interpretación correcta. La chica jamás había estudiado en una academia, había tomado clases en días alternos, así que tocaba muy a su aire. El sonido no era pulido. En los exámenes de ingreso en el conservatorio la hubieran suspendido inmediatamente. Pero se hacía escuchar. Los pasajes más importantes se hacían escuchar. ¡Una Invención de Bach, nada menos! Eso hizo que empezara a sentir interés en ella. “¿Quién será esa chica?” me decía.
Con todo, el mundo está lleno de chicas que tocan Bach muchísimo mejor que ella. Las hay que lo tocan veinte veces mejor. Pero sus interpretaciones raramente tienen contenido. Son vacías. En su caso, en cambio, la técnica era mala, pero tenía algo que atraía. Al menos a mí. Pensé que valía la pena darle clases. Por supuesto, ya era tarde para corregir todos sus errores y hacer de ella una profesional. Pero tal vez sería posible convertirla en una pianista que fuera capaz de disfrutar tocando el piano, como yo en aquella época, y ahora, claro.
Éste fue, al fin y al cabo, un deseo vano. Porque no era de esas personas que hacen algo en silencio, para sí mismas. Se trataba de una chica que, para provocar la admiración de los demás, utilizaba cualquier medio a su alcance y lo calculaba todo minuciosamente. Sabía qué tenía que hacer exactamente para que los demás la admiraran o la alabaran. Y también sabía cómo tenía que tocar para llamar mi atención. Todo estaba calculado al detalle. Había practicado la Invención una y otra vez. Saltaba a la vista. Con todo, incluso ahora, que soy consciente de esto, sigo pensando que su interpretación era maravillosa y que, si pudiera volver a escucharla, me daría un vuelco el corazón.
- Y la aceptaste como alumna?
- Sí. Venía una vez por semana, toda la mañana del sábado. No faltó nunca, jamás llegó tarde, era una alumna ideal. Estudiaba. Y, al terminar la clase, comíamos pastel y hablábamos.
Tengo un buen sentido musical, pero aquella chica me superaba. Pensaba: “¡Qué lástima! Si desde pequeña hubiera practicado regularmente con un buen profesor, hubiese podido llegar muy lejos”. Pero me equivocaba. Aquella chica no era capaz de disciplinarse. En este mundo hay gente que, a pesar de estar dotadas de un talento excepcional, son incapaces de realizar el esfuerzo necesario para sistematizarlo, y su talento se acaba malogrando.
Con todo, enseñar a aquella chica era divertido, como correr por la autopista montada en un coche deportivo de lujo. Un coche que respondía de inmediato a cualquier estímulo. A veces incluso demasiado.
Al acabar la clase, tomábamos algo y charlábamos. En ocasiones le tocaba algo de jazz.
Durante medio año me divertí mucho dándole clases. De vez en cuando algo me sorprendía o me chocaba, sin saber muy bien por qué. A veces me horrorizaba al darme cuenta, mientras la escuchaba, de lo irracional y absurdo que era el odio que sentía hacia alguien. Otras, pensaba que aquella chica era demasiado lista. Quién sabe en qué estaba pensando. Pero todos tenemos defectos, ¿no es así? Y yo era una profesora de piano; no me competía decir qué era lo correcto en cuestiones de humanidad o carácter. Con tal de que ella progresara, debía darme por satisfecha. Además, ella a mí me gustaba mucho, la verdad.
Sin embargo, opté por no hablarle de cuestiones personales. Porque, instintivamente me había dado cuenta de que era mejor no hacerlo. De modo que, aunque ella me preguntaba esto y lo otro (parecía querer saberlo todo sobre mí). “Quiero conocerla mejor”, me decía. “No hay mucho que contar”, le respondía. “Mi vida no es muy interesante, tengo un marido y una hija.” “Usted me gusta mucho”, me soltaba clavándome la mirada. Como si me implorara. Cuando me miraba así, me daba un vuelco el corazón. Y no porque me molestara. Con todo, no le explicaba más que lo necesario.
Un día, la chica me espetó a media clase que se encontraba mal. Al observarla, vi que estaba muy pálida, sudorosa. “¿Quieres irte a casa?”, le pregunté. Me respondió que no, que si se tendía una rato se le pasaría. Le sugerí que se acostara en mi cama y la llevé, casi en brazos, a mi dormitorio. El sofá de mi casa era muy pequeño y no tuve más remedio que tenderla en mi cama. Ella rogó que la perdonara por ocasionarme tantas molestias; yo repuse que no tenía ninguna importancia. Le pregunté si le apetecía tomar un vaso de agua. “No, no. Quédese a mi lado un rato”, dijo. “Me quedaré todo el tiempo que quieras”, la tranquilicé.
Unos instantes después me preguntó con voz quejumbrosa si podía pasarle la mano por la espalda. Vi que estaba sudando a mares, así que le froté la espalda con todas mis fuerzas. Y ella continuó: “Perdón, ¿podría quitarme el sujetador? Me estoy ahogando”. ¿Qué podía hacer yo? Se lo desabroché. Llevaba una camisa ajustada, de modo que se la desabotoné. Para tener trece años, tenía mucho pecho. Casi el doble que yo. ¡Y el sujetador! No llevaba uno de jovencita, sino de mujer adulta. Y bastante caro, además ¡En fin! ¿Qué mas daba? Yo seguía frotándole la espalda como una imbécil. Ella seguía disculpándose con voz plañidera, fingiendo que lo sentía mucho. A cada paso le repetía que no se preocupara, que no pasaba nada.
La chica empezó a llorar en silencio.
“¿Qué te pasa?”, le dije.
“Nada.”
“Algo debe de sucederte. Cuéntamelo con franqueza”, repuse.
“Eso me ocurre a menudo. No sé qué hacer. Me siento sola y triste. No tengo a nadie en quien confiar, no le importo a nadie. Me desespero y entonces me pongo así. Por las noches no puedo dormir. Apenas tengo apetito. Asistir a su clase es lo único en el mundo que me gusta hacer.”
“¿Por qué te ocurre esto? Dímelo. Te escucho.”
- Me contó que en su familia las cosas no iban bien. Ella reconoció que no amaba a sus padres, y que sus padres tampoco la querían a ella. Su padre tenía una amante y apenas aparecía por la casa; su madre estaba medio loca por lo de su padre y lo pagaba con su hija. Me dijo que la pegaba todos los días. Y que le resultaba muy duro volver a sucasa. Lloraba desconsoladamente. Con las lágrimas asomando a sus hermosos ojos, al verla, Dios se hubiera enternecido. Yo le dije que, si tan duro le resultaba regresar con sus padres, podía quedarse en mi casa siempre que quisiera. Ella me abrazó berreando: “¡Perdón, perdón! No sé qué haría sin usted. ¡No me deje! Si usted me dejara, no tendría adonde ir”.
- Presioné su cabeza contra mi pecho, se la acaricié. “¡Tranquila! ¡Tranquila!”, la consolaba. De pronto me rodeó con un brazo y empezó a acariciarme la espalda. Me asaltó una sensación extraña, el cuerpo me estaba ardiendo. Me encontraba en la cama, abrazada a una chica hermosa como salida de una postal, que me acariciaba la espalda. ¡Y las suyas eran unas caricias tan sensuales! Ni las de mi propio marido podían compararse. Cada vez que me pasaba la mano por la espalda, sentía como mi cuerpo iba aflojándose. De tan fantástico que era. Antes de que me diera cuenta, ya me había quitado la blusa y el sujetador y estaba acariciándome los pechos. Por fin lo comprendí. Aquella chica era una lesbiana de los pies a la cabeza. Le dije que se detuviera.
“¡Por favor solo un poco. Estoy muy sola. No le miento. Estoy tan sola...Únicamente la tengo a usted. No me deje!” Y me tomó la mano y la presionó contra su pecho. Tenía una forma perfecta, y al tocarlo sentí una suerte de descarga eléctrica. Yo, que soy una mujer, no sabía qué hacer. Me limitaba a repetir como una idiota: “No, no puede ser”. Tenía el cuerpo paralizado. Ella agarraba mi mano con su mano izquierda, apretándomela contra su pecho, mientras me presionaba los pezones con los labios, los lamía y, con la mano derecha, me acariciaba la espalda, el costado, las nalgas. Hoy todavía no puedo creer que estuviera en mi dormitorio con las cortinas corridas en compañía de una niña de trece años que pretendía desnudarme. Antes de tener tiempo de comprender lo que estaba sucediendo, me había ido desnudando.
Y yo me retorcía de placer con sus caricias. Hay que ser imbécil, ¿verdad? Pero yo en aquel momento parecía embrujada. La chica seguía lamiéndome los pezones diciendo: “Estoy sola. Sólo la tengo a usted. No me deje. Estoy tan sola…”. Mientras, yo iba murmurando: “No, no puede ser”.
Su mano derecha fue descendiendo. Y empezó a acariciar mi sexo por encima de las bragas. Por entonces, yo ya estaba muy húmeda. Es penoso reconocerlo, pero jamás, ni antes ni después, he estado tan excitada. Después ella introdujo sus dedos finos y suaves dentro de mis bragas, y…¿Me entiendes, verdad? Más o menos. No me siento capaz de decirlo en palabras. Aquello era completamente diferente a cuando me lo hacían los dedos, poco delicados, de un hombre. ¡Era maravilloso! Igual que si a una le hicieran cosquillas con una pluma. Pronto se me fue la cabeza. Pero, dentro de mi aturdimiento, pensaba que no podía hacerlo. Si sucedía una sola vez, luego se repetiría y, escondiendo ese secreto, mi cabeza volvería a enredarse, sin duda. Pensé en mi hija. ¿Y si me encontraba en aquella situación? Los sábados se quedaba hasta las tres en casa de mis padres, pero si por casualidad volvía antes… Eso pensé.
Haciendo acopio de todas mis fuerzas, me incorporé y grité. ¡Basta ya! ¡Por favor!.
Pero no se detuvo. Me acababa de quitar las bragas y empezó a hacerme un cunilingus. Una niña de trece años me estaba lamiendo el sexo, a mí, a quien eso me daba tanta vergüenza que rara vez se lo dejaba hacer a mi marido. Pero esta vez era diferente. No sabía cómo reaccionar. Quería gritar. Aquello era el paraíso.
“¡Basta!”, grité de nuevo, y le di una bofetada en la mejilla. Al fin se detuvo. Incorporó la parte superior de su cuerpo y me clavó la mirada. Las dos estábamos desnudas, incorporadas sobre la cama, mirándonos la una a la otra de hito en hito. Aquella niña tenía trece años, y yo, treinta y uno…, pero, mirando su cuerpo, me sentí abrumada. Aún hoy lo recuerdo, no podía creer que aquel cuerpo perteneciera a una niña de trece años. Incluso ahora me parece increíble.
Yo no podía decir nada, así que preferí guardar silencio.
La chica me preguntó por qué le pedía que se detuviera. Me dijo: “A usted le gusta esto, ¿no? Lo he sabido desde el primer día. Yo esas cosas las noto. Es mucho mejor que hacerlo con un hombre, ¿verdad? Mire lo mojada que está. Yo puedo hacérselo mucho, muchísimo mejor. Puedo hacerle sentir que el cuerpo se le derrite. ¿Qué le parece?. Tenía razón. Era exactamente como ella decía. Me había excitado mucho más que mi marido y hubiera querido que siguiera. Pero no podía ser “Hagámoslo una vez por semana” Nadie lo sabrá. Será un secreto entre usted y yo”, añadió.
Me levanté, me vestí, le dije que se fuera, que no volviera nunca más. Ella mantenía la mirada fija en mí. Sus ojos se habían transformado. Se habían vuelto tan inexpresivos que parecían pintados sobre cartón. Carecían de profundidad. Tras mantener la mirada fija en mí durante unos instantes, recogió su ropa en silencio y fue poniéndose una prenda tras otra, muy despacio, como si hiciera una exhibición, luego volvió a la sala donde estaba el piano, sacó un peine del bolso, se peinó, se calzó los zapatos y se marchó. Al irse me dijo lo siguiente: “Eres lesbiana. Por más que intentes ocultarlo, lo serás hasta que te mueras”.
Trevolsky: Dime… ¿En qué preciso instante deja una persona de ser el que cree que es?
Stella: ¿Sabes? No me gustan las complicaciones.
Trevolsky: Me cortas el brazo, ¿de acuerdo? Y digo: yo y mi brazo.
Me cortas el otro brazo. Y digo: yo y mis dos brazos.
Me sacas el estómago, los riñones… suponiendo que fuera posible. Y digo: yo y mis intestinos.
¿Me sigues?
Y bien, si me cortas la cabeza… ¿diría… yo y mi cabeza, o yo y mi cuerpo? ¿Qué derecho tiene mi cabeza de llamarse a si misma “yo”? ¿Qué derecho?
Stella: ¿Sabes? No me gustan las complicaciones.
Trevolsky: Me cortas el brazo, ¿de acuerdo? Y digo: yo y mi brazo.
Me cortas el otro brazo. Y digo: yo y mis dos brazos.
Me sacas el estómago, los riñones… suponiendo que fuera posible. Y digo: yo y mis intestinos.
¿Me sigues?
Y bien, si me cortas la cabeza… ¿diría… yo y mi cabeza, o yo y mi cuerpo? ¿Qué derecho tiene mi cabeza de llamarse a si misma “yo”? ¿Qué derecho?
Organizar un nuevo partido político, de tendencia dictatorial democrática, de centrizquierderecha, profundamente latinoamericanista, que se llamará "Movimiento Organizado Contra la Oposición" (M.O.C.O.).
Serán sus lemas: "Adhiérase al MOCO, o el MOCO se adherirá a UD.", y "Con el MOCO todos los argentinos estaremos unidos".
Serán sus lemas: "Adhiérase al MOCO, o el MOCO se adherirá a UD.", y "Con el MOCO todos los argentinos estaremos unidos".
Arachné
Solo con vos puedo respirar. Solo con vos puedo dejar de darle esa importancia absurda a lo demás, a esas cosas que en verdad no importan, con vos y solo con vos puedo volver a ser yo.
"Y hoy río si tú ríes, y canto si tú cantas
y si tú duermes, duermo como un perro a tus plantas"
"Y hoy río si tú ríes, y canto si tú cantas
y si tú duermes, duermo como un perro a tus plantas"
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She
"Aire tu nombre, aire tus manos,
aire tu adiós, aire que ya no vuelve,
que se hace viento.
Tiemblan mis piernas, tiembla la casa,
tiembla mi corazón,
quiebra el silencio de algo que pasa.
Y así las horas caen como hojas secas.
Sangra el reloj, sangra mi corazón.
Porque el tiempo sin vos es el tiempo muerto,
Porque el tiempo sin vos es como el desierto.
Luna tu cara, luna la esfera.
Esa que se quebró, esa que nos distancia.
Aire en mis manos, viento y arena.
Tiemblo como esas hojas.
Soy alma en pena.
Y así las hojas caen como esas horas.
Sangra el reloj, sangra mi corazón.
Porque el tiempo sin vos es como el desierto,
Porque el tiempo sin vos es un tiempo muerto."
Creo a veces escuchar tu voz. Me llamás, como si estuvieras acá, en casa.
Siento tu fuerza. Sigo.
Pero a veces no puedo, a veces no puedo.
Quiero abrazarte. Abrazarte fuerte y así poder seguir.
Aunque sea solo un abrazo mi Mamina,
el abrazo que no pude darte, esa mañana antes de que te fueras dormida entre sueños.
aire tu adiós, aire que ya no vuelve,
que se hace viento.
Tiemblan mis piernas, tiembla la casa,
tiembla mi corazón,
quiebra el silencio de algo que pasa.
Y así las horas caen como hojas secas.
Sangra el reloj, sangra mi corazón.
Porque el tiempo sin vos es el tiempo muerto,
Porque el tiempo sin vos es como el desierto.
Luna tu cara, luna la esfera.
Esa que se quebró, esa que nos distancia.
Aire en mis manos, viento y arena.
Tiemblo como esas hojas.
Soy alma en pena.
Y así las hojas caen como esas horas.
Sangra el reloj, sangra mi corazón.
Porque el tiempo sin vos es como el desierto,
Porque el tiempo sin vos es un tiempo muerto."
Creo a veces escuchar tu voz. Me llamás, como si estuvieras acá, en casa.
Siento tu fuerza. Sigo.
Pero a veces no puedo, a veces no puedo.
Quiero abrazarte. Abrazarte fuerte y así poder seguir.
Aunque sea solo un abrazo mi Mamina,
el abrazo que no pude darte, esa mañana antes de que te fueras dormida entre sueños.
No quiero más palabras. Me alcanzan éstas y acá termino, para expresar lo poco que puedo explicar de mi enorme mundo. Aunque podría no utilizarlas y hacerme entender igual, pero para eso te necesito acá, cerca mío. O no, quizás a la distancia te lo haga sentir también, me sentís, te siento, pero ese es un tema para otro momento.
No me satisfacen, quiero vomitar a veces todo lo que pasa por mi cabeza, y no alcanzan las palabras. No es falta de vocabulario, son todas, todas ellas,las que me molestan.
Llegaron a hartarme, están por todas partes.
Las quiero en la música, sí, o en la sopa de letras, mezcladas, inentendibles.
Basta de palabras, basta de hablar.
Quiero sentir... Se acrecientan mis sentidos, el olfato y los aromas. La vista y los lugares, las cosas, las caras, los ojos, la mirada. El tacto que lo es todo. El gusto y el placer, y el oído para las melodías.
Sentir, que el cuerpo viva, que vaya y venga, que la cabeza duerma por un largo rato.
Y basta de hablar, basta de pensar, quiero sentir, sólo sentir.
Saca la herrumbre de todo mi ser,
devuélveme la pasión.
Dame tu sangre y podré hacer latir a mi corazón.
Resulta dificil creer
cuánto necesito de vos,
quisiera tenerte, tu boca besar.
Danza gitana hermosa y sensual,
dame tu dulce verdad,
dame memoria, que ya no recuerdo lo que es amar.
Te esperaré y algún día veré
tus largas faldas volar
y sus colores darán nueva vida a mi ser, verás.
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Ella - Araña
Para la que no araña.
Quiero que te cojas al mundo entero en un instante y después vengas a mí, empachada y satisfecha
y tocándome la argolla, me digas al oído -Ahora sí, ahora soy toda, toda tuya-
y tocándome la argolla, me digas al oído -Ahora sí, ahora soy toda, toda tuya-
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Imposibles
Me siento como en un capítulo de CSI o alguna de estas series yanquis dónde el culpable culpa al inocente y solo el inocente sabe que no es culpable, y seguramente el culpable también lo sepa, al menos que esté completamente fuera de sí (que es probable) y ya divague sobre la realidad, pero por supuesto, de una forma u otra se hace pasar por inocente. Y entonces el verdadero inocente está varado en la mierda, sin poder escapar.
La cagada de esto es cuando la persona que te está haciendo tan mal y dejándote en un lugar tan de mierda, que hasta quizás y a lo peor, terminás creyéndotelo, es un ser querido.
Mi "hogar" está en decadencia.
Y ahí.. sobre la arena fría de la mañana y el mar tibio.. La amistad, corta o duradera, cara a cara con la vida.. Amanecer..nacer, comienzo, juventud..Vida, sus encuentros.. ellas y ellos van y vienen. Se juntan, se pierden, se quieren, se olvidan. Bocas que se graban al tocarse.. o que emiten palabras.. algunas superficiales, palabras sin importancia.. o muchas otras profundas palabras. Charlas que se tatúan en la memoria.. pero esas personas que tal vez no vuelvas a ver.. o tal vez sí. Risas, llantos.. momentos... Vida maravillosa. Gente que va y que viene. Y ahí... arriba, en el cielo...Marte.. contemplando ese único momento, como también muchos otros únicos momentos... de amistades, cortas o duraderas.. de almas viajeras del tiempo, de sentimientos puros.. y encuentros que no se olvidan.
Estoy pensando, es de noche,
en el día que hará allí
donde esta noche es de día.
En las sombrillas alegres,
abiertas todas las flores,
contra ese sol, que es la luna
tenue que me alumbra a mí.
Aunque todo está tan quieto,
tan en silencio en lo oscuro,
aquí alrededor,
veo a las gentes veloces
—prisa, trajes claros, risa—
consumiendo sin parar,
a pleno goce, esa luz
de ellos, la que va a ser mía
en cuanto alguien diga allí
«ya es de noche».
La noche donde yo estoy
ahora,
donde tú estás junto a mí
tan dormida y tan sin sol
en esa
noche y luna del dormir,
que pienso en el otro lado
de tu sueño, donde hay luz
que yo no veo.
Donde es de día y paseas
—te sonríes al dormir—
con esa sonrisa abierta,
tan alegre, tan de flores,
que la noche y yo sentimos
que no puede ser de aquí.
en el día que hará allí
donde esta noche es de día.
En las sombrillas alegres,
abiertas todas las flores,
contra ese sol, que es la luna
tenue que me alumbra a mí.
Aunque todo está tan quieto,
tan en silencio en lo oscuro,
aquí alrededor,
veo a las gentes veloces
—prisa, trajes claros, risa—
consumiendo sin parar,
a pleno goce, esa luz
de ellos, la que va a ser mía
en cuanto alguien diga allí
«ya es de noche».
La noche donde yo estoy
ahora,
donde tú estás junto a mí
tan dormida y tan sin sol
en esa
noche y luna del dormir,
que pienso en el otro lado
de tu sueño, donde hay luz
que yo no veo.
Donde es de día y paseas
—te sonríes al dormir—
con esa sonrisa abierta,
tan alegre, tan de flores,
que la noche y yo sentimos
que no puede ser de aquí.
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Luz de la noche - Pedro Salinas
Los mares
El mar. Chasquido breve,
muerte de adolescencia
sobre la arena tibia.
Playa.
El mar. Ámbito exacto:
allí acaba, aquí empieza,
aquí estoy yo, allí ella.
Ausencia.
El mar. Embate plano
contra las rocas tajadas.
Escribe blanca espuma
con el cantil su acróstico.
Se lo descifra el viento.
Secreto.
El mar. Sal en los labios
que beso, y esa gota
que va rodando, ajena,
por mejilla sin llanto.
La sal y el agua
en el amor y en el aire.
El mar. Las rastrojeras
ardidas.
Un chopo solo y quieto.
Esqueléticos galgos
buscan agua en el cauce
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Poemas de Pedro Salinas
Mar distante
Si no es el mar, sí es su imagen,
su estampa, vuelta, en el cielo.
Si no es el mar, sí es su voz
delgada,
a través del ancho mundo,
en altavoz, por los aires.
Si no es el mar, sí es su nombre
es un idioma sin labios,
sin pueblo,
sin más palabra que ésta:
mar.
Si no es el mar, sí es su idea
de fuego, insondable, limpia;
y yo,
ardiendo, ahogándome en ella..
su estampa, vuelta, en el cielo.
Si no es el mar, sí es su voz
delgada,
a través del ancho mundo,
en altavoz, por los aires.
Si no es el mar, sí es su nombre
es un idioma sin labios,
sin pueblo,
sin más palabra que ésta:
mar.
Si no es el mar, sí es su idea
de fuego, insondable, limpia;
y yo,
ardiendo, ahogándome en ella..
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Poemas de Pedro Salina
Desnuda frente a mi, esculpida en la oscuridad.
La mujer araña me mira con sus rojos ojos, expectante.
Hambrienta.
Sí, es hermosa, pero como toda mujer araña, tiene algo que da miedo.
Sus ojos quizás, sus ojos todos rojos, con las pupilas bien dilatadas en el centro.
Podría irme, retroceder..
Pero sin pensarlo avanzo hacia su tela.. sabiendo que va a comerme,
y me envuelvo en ella..
..Como una manta de algodón de azúcar, pensé.
La mujer araña se acerca cautelosamente, sus movimientos son lentos, precisos, sensuales.
Un escalofrío me recorre la columna vertebral. Ese que se confunde con un orgasmo.
La tengo frente a mí. Me mira. Estoy sudando.
Sé que me desea, que me desea solo a mí.
Dirán que fue un acto suicida,
no sabrán que es un acto de amor.
Araña....... Araña... Araña.
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