- Tal como te he dicho antes, tocaba el piano desde los cuatro años, pero jamás por placer. Siempre lo hacía para pasar un examen, porque era una asignatura, para impresionar a los demás. Eso es importante, claro que si, para llegar a dominar un instrumento musical. Pero cuando una llega a cierta edad, tiene que interpretar la música por sí misma. Ése es el poder de la música. Y yo por fin lo comprendía después de salir del circuito de elite, a punto de cumplir treinta y dos años. Llevaba a mi hija al jardín de infancia, realizaba las tareas de la casa en un santiamén y después me pasaba una o dos horas interpretando mis melodías favoritas. Hasta aquí no hay problema, ¿verdad?
Asentí.
- Sin embargo, un día una vecina a quien conocía de vista, de saludarnos por la calle, vino a visitarme y me dijo que su hija quería que le diese clases de piano. Aunque la llame vecina, su casa estaba, en realidad, bastante lejos de la mía, y yo no conocía a su hija. Pero, según decía la señora, la niña solía pasar por delante de casa y, al oírme tocar el piano se emocionaba. También me había visto, y al parecer sentía una gran admiración hacia mí. Estaba en segundo año de la secundaria y había recibido clases, pero por entonces no tenía profesor.
Rehusé. Le dije que había estado muchos años sin tocar y que, si fuera una principiante, todavía, pero enseñar a una chica que ya había recibido clases durante varios años me era imposible. Ante todo, yo estaba ocupada cuidando de mi hija y, además, aunque eso no se lo comenté a la madre, por supuesto, una chica que cambiaba constantemente de profesor no podría llegar lejos. Entonces la madre me pidió que al menos le hiciera el favor de conocer a su hija. ¡En fin! Era una mujer muy testaruda y no me hubiera resultado fácil negarme, así que acepté insistiendo en que sólo conocería a la niña. Al cabo de tres días la hija se presentó en casa, sola. Era hermosa como un ángel. Tenía una belleza angelical. Fue la primera y última vez en mi vida que vi una chica tan hermosa. Tenía el pelo largo y negro como la tinta china, los brazos y las piernas largos y gráciles, los ojos brillantes, los labios delgados y suaves como acabados de hacer. Al verla, me quedé sin habla. Cuando se sentó en el sofá de la sala de estar, la estancia parecía haberse transformado en otra mucho más lujosa. Si la mirabas de frente, quedabas deslumbrado. Tenías que entornar los ojos.
Así era ella. Aún hoy me parece verla. Estuvimos hablando alrededor de una hora mientras tomábamos una taza de café. Charlamos de música, de la escuela… Parecía inteligente. Sus opiniones eran claras, agudas, tenía el talento innato de quienes saben atraer el interés de su interlocutor. Casi me daba miedo. ¿Por qué le temía? Entonces no lo sabía. Sólo me pasó por la cabeza que probablemente fuera su inteligencia aguda lo que temía. Cuando hablaba con ella iba perdiendo la capacidad de juzgar.
En resumen, era demasiado joven y hermosa, y eso me aplastó, acabé viéndome a mí misma como un ser muy inferior. Si abrigaba algún pensamiento negativo respecto a ella, me daba la impresión de que ésta era una idea retorcida. Si yo fuera tan hermosa e inteligente como ella, sería una persona mucho más normal.
¿Qué más se puede pedir? Adorándola como la adoraba todo el mundo, ¿por qué atormentaba a los seres inferiores, más débiles que ella, y los presionaba? ¿Qué razones podía tener para hacer eso?
- ¿Te hizo algo terrible?
- Vayamos por partes. Aquella chica era una mentirosa. Con tal de cuadrar las historias, iba cambiando esto y aquello a su antojo. Sin embargo, en cuanto yo pensaba “¡Qué extraño! No puede ser”, ella tenía una inteligencia tan rápida que me tomaba la delantera, amañaba las cosas sin que me diera cuenta. No podía creer que todo fuera mentira. Nadie hubiera podido imaginar que una chica tan guapa mintiera sobre cosas tan insignificantes. Al menos yo no pude. Escuché sus mentiras durante un año y medio sin sospechar nada. Increíble.
- ¿Qué clases de mentiras decía?
- De todo tipo. – sonrió con sarcasmo - Cuando alguien miente una vez, luego tiene que seguir mintiendo para encubrir esa primera mentira. A eso lo llaman mitomanía. Pero, en el caso de los mitómanos, las mentiras que cuentan son inofensivas, y la mayoría de la gente que los rodea se da cuenta. Pero esta chica era diferente. Mentía para protegerse de sí misma y, para ello, hacía daño a los demás sin pestañear. Además, utilizaba a cualquiera que estuviera a su alcance. Mentía según quién fuera su interlocutor. A las personas que pudieran descubrirla fácilmente, como su madre o sus amigas, no les mentía, y cuando no le quedaba más remedio que hacerlo, tomaba infinitas precauciones. Nunca les decía ninguna mentira susceptible de ser descubierta. Si la descubrían, se inventaba una excusa o pedía perdón con voz suplicante y las lágrimas saltándole de sus bonitos ojos. Nadie podía enfadarse con ella.
Ella me repitió lo que había dicho su madre. Me dijo que, al pasar por delante de casa, me había oído tocar el piano y que me admiraba.
Trajo unas partituras y me preguntó si podía tocarlas. Le respondí que sí. Y tocó una Invención de Bach. ¡Qué interpretación tan interesante! ¿O debería decir extraña? En todo caso, no era normal. No era una interpretación correcta. La chica jamás había estudiado en una academia, había tomado clases en días alternos, así que tocaba muy a su aire. El sonido no era pulido. En los exámenes de ingreso en el conservatorio la hubieran suspendido inmediatamente. Pero se hacía escuchar. Los pasajes más importantes se hacían escuchar. ¡Una Invención de Bach, nada menos! Eso hizo que empezara a sentir interés en ella. “¿Quién será esa chica?” me decía.
Con todo, el mundo está lleno de chicas que tocan Bach muchísimo mejor que ella. Las hay que lo tocan veinte veces mejor. Pero sus interpretaciones raramente tienen contenido. Son vacías. En su caso, en cambio, la técnica era mala, pero tenía algo que atraía. Al menos a mí. Pensé que valía la pena darle clases. Por supuesto, ya era tarde para corregir todos sus errores y hacer de ella una profesional. Pero tal vez sería posible convertirla en una pianista que fuera capaz de disfrutar tocando el piano, como yo en aquella época, y ahora, claro.
Éste fue, al fin y al cabo, un deseo vano. Porque no era de esas personas que hacen algo en silencio, para sí mismas. Se trataba de una chica que, para provocar la admiración de los demás, utilizaba cualquier medio a su alcance y lo calculaba todo minuciosamente. Sabía qué tenía que hacer exactamente para que los demás la admiraran o la alabaran. Y también sabía cómo tenía que tocar para llamar mi atención. Todo estaba calculado al detalle. Había practicado la Invención una y otra vez. Saltaba a la vista. Con todo, incluso ahora, que soy consciente de esto, sigo pensando que su interpretación era maravillosa y que, si pudiera volver a escucharla, me daría un vuelco el corazón.
- Y la aceptaste como alumna?
- Sí. Venía una vez por semana, toda la mañana del sábado. No faltó nunca, jamás llegó tarde, era una alumna ideal. Estudiaba. Y, al terminar la clase, comíamos pastel y hablábamos.
Tengo un buen sentido musical, pero aquella chica me superaba. Pensaba: “¡Qué lástima! Si desde pequeña hubiera practicado regularmente con un buen profesor, hubiese podido llegar muy lejos”. Pero me equivocaba. Aquella chica no era capaz de disciplinarse. En este mundo hay gente que, a pesar de estar dotadas de un talento excepcional, son incapaces de realizar el esfuerzo necesario para sistematizarlo, y su talento se acaba malogrando.
Con todo, enseñar a aquella chica era divertido, como correr por la autopista montada en un coche deportivo de lujo. Un coche que respondía de inmediato a cualquier estímulo. A veces incluso demasiado.
Al acabar la clase, tomábamos algo y charlábamos. En ocasiones le tocaba algo de jazz.
Durante medio año me divertí mucho dándole clases. De vez en cuando algo me sorprendía o me chocaba, sin saber muy bien por qué. A veces me horrorizaba al darme cuenta, mientras la escuchaba, de lo irracional y absurdo que era el odio que sentía hacia alguien. Otras, pensaba que aquella chica era demasiado lista. Quién sabe en qué estaba pensando. Pero todos tenemos defectos, ¿no es así? Y yo era una profesora de piano; no me competía decir qué era lo correcto en cuestiones de humanidad o carácter. Con tal de que ella progresara, debía darme por satisfecha. Además, ella a mí me gustaba mucho, la verdad.
Sin embargo, opté por no hablarle de cuestiones personales. Porque, instintivamente me había dado cuenta de que era mejor no hacerlo. De modo que, aunque ella me preguntaba esto y lo otro (parecía querer saberlo todo sobre mí). “Quiero conocerla mejor”, me decía. “No hay mucho que contar”, le respondía. “Mi vida no es muy interesante, tengo un marido y una hija.” “Usted me gusta mucho”, me soltaba clavándome la mirada. Como si me implorara. Cuando me miraba así, me daba un vuelco el corazón. Y no porque me molestara. Con todo, no le explicaba más que lo necesario.
Un día, la chica me espetó a media clase que se encontraba mal. Al observarla, vi que estaba muy pálida, sudorosa. “¿Quieres irte a casa?”, le pregunté. Me respondió que no, que si se tendía una rato se le pasaría. Le sugerí que se acostara en mi cama y la llevé, casi en brazos, a mi dormitorio. El sofá de mi casa era muy pequeño y no tuve más remedio que tenderla en mi cama. Ella rogó que la perdonara por ocasionarme tantas molestias; yo repuse que no tenía ninguna importancia. Le pregunté si le apetecía tomar un vaso de agua. “No, no. Quédese a mi lado un rato”, dijo. “Me quedaré todo el tiempo que quieras”, la tranquilicé.
Unos instantes después me preguntó con voz quejumbrosa si podía pasarle la mano por la espalda. Vi que estaba sudando a mares, así que le froté la espalda con todas mis fuerzas. Y ella continuó: “Perdón, ¿podría quitarme el sujetador? Me estoy ahogando”. ¿Qué podía hacer yo? Se lo desabroché. Llevaba una camisa ajustada, de modo que se la desabotoné. Para tener trece años, tenía mucho pecho. Casi el doble que yo. ¡Y el sujetador! No llevaba uno de jovencita, sino de mujer adulta. Y bastante caro, además ¡En fin! ¿Qué mas daba? Yo seguía frotándole la espalda como una imbécil. Ella seguía disculpándose con voz plañidera, fingiendo que lo sentía mucho. A cada paso le repetía que no se preocupara, que no pasaba nada.
La chica empezó a llorar en silencio.
“¿Qué te pasa?”, le dije.
“Nada.”
“Algo debe de sucederte. Cuéntamelo con franqueza”, repuse.
“Eso me ocurre a menudo. No sé qué hacer. Me siento sola y triste. No tengo a nadie en quien confiar, no le importo a nadie. Me desespero y entonces me pongo así. Por las noches no puedo dormir. Apenas tengo apetito. Asistir a su clase es lo único en el mundo que me gusta hacer.”
“¿Por qué te ocurre esto? Dímelo. Te escucho.”
- Me contó que en su familia las cosas no iban bien. Ella reconoció que no amaba a sus padres, y que sus padres tampoco la querían a ella. Su padre tenía una amante y apenas aparecía por la casa; su madre estaba medio loca por lo de su padre y lo pagaba con su hija. Me dijo que la pegaba todos los días. Y que le resultaba muy duro volver a sucasa. Lloraba desconsoladamente. Con las lágrimas asomando a sus hermosos ojos, al verla, Dios se hubiera enternecido. Yo le dije que, si tan duro le resultaba regresar con sus padres, podía quedarse en mi casa siempre que quisiera. Ella me abrazó berreando: “¡Perdón, perdón! No sé qué haría sin usted. ¡No me deje! Si usted me dejara, no tendría adonde ir”.
- Presioné su cabeza contra mi pecho, se la acaricié. “¡Tranquila! ¡Tranquila!”, la consolaba. De pronto me rodeó con un brazo y empezó a acariciarme la espalda. Me asaltó una sensación extraña, el cuerpo me estaba ardiendo. Me encontraba en la cama, abrazada a una chica hermosa como salida de una postal, que me acariciaba la espalda. ¡Y las suyas eran unas caricias tan sensuales! Ni las de mi propio marido podían compararse. Cada vez que me pasaba la mano por la espalda, sentía como mi cuerpo iba aflojándose. De tan fantástico que era. Antes de que me diera cuenta, ya me había quitado la blusa y el sujetador y estaba acariciándome los pechos. Por fin lo comprendí. Aquella chica era una lesbiana de los pies a la cabeza. Le dije que se detuviera.
“¡Por favor solo un poco. Estoy muy sola. No le miento. Estoy tan sola...Únicamente la tengo a usted. No me deje!” Y me tomó la mano y la presionó contra su pecho. Tenía una forma perfecta, y al tocarlo sentí una suerte de descarga eléctrica. Yo, que soy una mujer, no sabía qué hacer. Me limitaba a repetir como una idiota: “No, no puede ser”. Tenía el cuerpo paralizado. Ella agarraba mi mano con su mano izquierda, apretándomela contra su pecho, mientras me presionaba los pezones con los labios, los lamía y, con la mano derecha, me acariciaba la espalda, el costado, las nalgas. Hoy todavía no puedo creer que estuviera en mi dormitorio con las cortinas corridas en compañía de una niña de trece años que pretendía desnudarme. Antes de tener tiempo de comprender lo que estaba sucediendo, me había ido desnudando.
Y yo me retorcía de placer con sus caricias. Hay que ser imbécil, ¿verdad? Pero yo en aquel momento parecía embrujada. La chica seguía lamiéndome los pezones diciendo: “Estoy sola. Sólo la tengo a usted. No me deje. Estoy tan sola…”. Mientras, yo iba murmurando: “No, no puede ser”.
Su mano derecha fue descendiendo. Y empezó a acariciar mi sexo por encima de las bragas. Por entonces, yo ya estaba muy húmeda. Es penoso reconocerlo, pero jamás, ni antes ni después, he estado tan excitada. Después ella introdujo sus dedos finos y suaves dentro de mis bragas, y…¿Me entiendes, verdad? Más o menos. No me siento capaz de decirlo en palabras. Aquello era completamente diferente a cuando me lo hacían los dedos, poco delicados, de un hombre. ¡Era maravilloso! Igual que si a una le hicieran cosquillas con una pluma. Pronto se me fue la cabeza. Pero, dentro de mi aturdimiento, pensaba que no podía hacerlo. Si sucedía una sola vez, luego se repetiría y, escondiendo ese secreto, mi cabeza volvería a enredarse, sin duda. Pensé en mi hija. ¿Y si me encontraba en aquella situación? Los sábados se quedaba hasta las tres en casa de mis padres, pero si por casualidad volvía antes… Eso pensé.
Haciendo acopio de todas mis fuerzas, me incorporé y grité. ¡Basta ya! ¡Por favor!.
Pero no se detuvo. Me acababa de quitar las bragas y empezó a hacerme un cunilingus. Una niña de trece años me estaba lamiendo el sexo, a mí, a quien eso me daba tanta vergüenza que rara vez se lo dejaba hacer a mi marido. Pero esta vez era diferente. No sabía cómo reaccionar. Quería gritar. Aquello era el paraíso.
“¡Basta!”, grité de nuevo, y le di una bofetada en la mejilla. Al fin se detuvo. Incorporó la parte superior de su cuerpo y me clavó la mirada. Las dos estábamos desnudas, incorporadas sobre la cama, mirándonos la una a la otra de hito en hito. Aquella niña tenía trece años, y yo, treinta y uno…, pero, mirando su cuerpo, me sentí abrumada. Aún hoy lo recuerdo, no podía creer que aquel cuerpo perteneciera a una niña de trece años. Incluso ahora me parece increíble.
Yo no podía decir nada, así que preferí guardar silencio.
La chica me preguntó por qué le pedía que se detuviera. Me dijo: “A usted le gusta esto, ¿no? Lo he sabido desde el primer día. Yo esas cosas las noto. Es mucho mejor que hacerlo con un hombre, ¿verdad? Mire lo mojada que está. Yo puedo hacérselo mucho, muchísimo mejor. Puedo hacerle sentir que el cuerpo se le derrite. ¿Qué le parece?. Tenía razón. Era exactamente como ella decía. Me había excitado mucho más que mi marido y hubiera querido que siguiera. Pero no podía ser “Hagámoslo una vez por semana” Nadie lo sabrá. Será un secreto entre usted y yo”, añadió.
Me levanté, me vestí, le dije que se fuera, que no volviera nunca más. Ella mantenía la mirada fija en mí. Sus ojos se habían transformado. Se habían vuelto tan inexpresivos que parecían pintados sobre cartón. Carecían de profundidad. Tras mantener la mirada fija en mí durante unos instantes, recogió su ropa en silencio y fue poniéndose una prenda tras otra, muy despacio, como si hiciera una exhibición, luego volvió a la sala donde estaba el piano, sacó un peine del bolso, se peinó, se calzó los zapatos y se marchó. Al irse me dijo lo siguiente: “Eres lesbiana. Por más que intentes ocultarlo, lo serás hasta que te mueras”.
Cuando se marchó, me quedé sentada un rato en una silla, aturdida. No sabía qué hacer. Los latidos del corazón me retumbaban muy adentro con un sonido sordo. Pero, pensando que pronto volvería mi hija, decidí tomar un baño para quitarme el rastro de sus besos y caricias. Por más que me froté con jabón, aquella especie de limo no desaparecía. Posiblemente fueran figuraciones mías, pero no podía evitarlo. Aquella noche le pedí a mi marido que hiciéramos el amor. Para limpiar aquella impureza. Por supuesto, a él no le conté nada. No hubiera podido. Sólo le dije que me tomara entre sus brazos y que hiciéramos el amor. Y que lo hiciera más despacio que de costumbre, que se tomara su tiempo. Me hizo el amor con ternura, tomándose todo el tiempo del mundo. Tuve un orgasmo memorable. Desde que me casé, jamás había sentido algo parecido con mi marido. ¿Por qué crees que fue? Porque el tacto de los dedos de aquella chica aún permanecía en mi cuerpo. Ésa era la única razón ¡Qué verguenza hablar de esto! Estoy sudando. Pero eso tampoco me sirvió. Dos o tres días después aún permanecía el tacto de aquella chica. Y sus últimas palabras resonaban dentro de mi cabeza, como un eco.